MÁS QUE UN TRABAJO

¡Que curioso éste trabajo mío! me digo. Yo metida casi todo el día en una sala confortable de paredes amarillas y ellos asomándome a sus vidas, trayéndome su pequeño mundo al trabajo.

Allí cada semana coloco los sillones, pongo incienso, ventilo, me permito unas reparadoras siestas, leo, escribo, me lavo los dientes, bebo té y como pastas, me estiro, doy paseos cortos… sólo el teléfono me saca a cuestiones de fuera. Al salir, casi siempre de noche, retomo mi vida olvidada. Mi pareja, familia, amigos, siguen existiendo, también las noticias de lo que ha pasado cerca y lejos de esta ciudad. Pero mientras estoy allí, unos vienen y otros se van, ocupando unas horas determinadas de un día fijado de antemano. Unos llegan sonrientes (los menos), otros sin saber, otros lo observan todo, otros tardan en mirarme a los ojos… Me acerco a su aspecto, sus olores, sus gestos a veces voraces, a veces tímidos, sus miradas interrogatorias, sus silencios pesados o ligeros y su lluvia interminable de pensamientos.

Se sientan, se despojan, se lamentan, se ríen, suspiran, se sorprenden, lloran, entran y salen de su universo que me es desvelado con absoluta generosidad. Y yo de espectadora única, recogida en el corto espacio de las horas, con esa familiaridad que va desbancando la extrañeza de los primeros encuentros. No es una película, su historia es real, aunque a veces disfrazada de una fantasía que se va desvaneciendo para dejar paso al Ser, a la esencia, en un más allá del espacio y el tiempo, por un instante, aparece, está ahí. Ambos lo vamos viendo y a mí me lo recuerdan porque mi memoria aún no lo puede sostener.

Y van viviendo y recorremos ese continuo de vida a veces desde el presente al pasado, dando saltos, parando en el recoveco de alguna emoción olvidada o el recuerdo de una escena escondida, a veces hacia el futuro que nos es lejano porque no tiene color, pero que les atrae aunque el globo siempre prefiera alejarse.

Y van viviendo y les van sucediendo sucesos, parece que no envejecemos, pero se refleja el paso del tiempo en la madurez de su mirada atenta. Todo se desenvuelve sin fin en diálogos perecederos, finalmente mudos.

Yo clavada en la respiración, “respira este momento” me digo, para permanecer en el ahora, notando mis pies en el suelo, mirando como quien contempla, como quien espera, como quien aún cree que algo va a suceder.

Y sucede, como no, y cuando parece que no sucede, siguen emergiendo estados, momentos, ritmos, parábolas intangibles que uno sabe que están ahí.

Recorriendo… recorriendo.

Ángela vino con ganas de vivir pero presa del miedo que da el no saber. Él la abandono y entonces ella descubrió la fuerza que da la crisis, no lo habría decidido, pero empezó a volar, a coger los aviones temidos y respirar en espacios abiertos, no sabe hasta cuando.

Borja escribía cuentos. Por un accidente inesperado (como son todos los accidentes), su pareja está en coma, se ha dado cuenta del amor que siente por ella y de como ha sido querido. Está en un ir y venir del dolor a la rabia, la escoge música y la lee textos, esperando que regrese a este mundo consciente.

Carlos vino replanteándose su vida, se escuchó y me escuchó solo dos veces y no volvió. No supe darle lo que quería o se asustó. Aún no lo sé.

Daniela tenía cara angelical, era transparente pero insegura. Se ha convertido en una bella mujer. De vez en cuando me envía mensajes escritos contándome y recordándose que sigue bien. Yo los leo y sonrío, me gusta saber de los que se fueron.

Enrique es inteligente, mordaz, irónico y también muy duro consigo mismo. Pero a ratos se queda callado, pequeño, con los ojos húmedos, sumergido en esa vulnerabilidad inestable de la que quiere huir cuando ya es demasiado tarde.

Felicidad se buscó un amante que la dijera cosas bonitas, pero tampoco servía ya que él no era muy pródigo en ver al otro. Así que empezó a acariciarse y vestirse de telas cálidas, compartió dudas y peticiones con su marido, acaban de tener un hijo y ahora viven los tres en un universo crecido.

Gema se vive pequeña, insignificante, inadecuada, rechazada. Los compañeros de la terapia de grupo la rodean con palabras que ella no puede abrazar, aunque se va dejando entrar la música.

Alicia viene enfadada porque su madre ha intentado suicidarse, siempre se enfada cuando algo la duele. Hoy pude abrazarla por primera vez.

Irene es gallega y ha vuelto a sonreír, se ha separado de la humillación de otra mujer, ahora disfruta de comer lo que quiere y dormir cuando tiene sueño.

Juan quiere atrapar la buena suerte porque otros le han contado que existe. Se desespera porque el nuevo día no trae noticias nuevas.

Carmen muerde la vida con ganas y luego la vomita a escondidas de todos cuando se empacha de todo lo que intenta abarcar.

Laura se pregunta sobre el sentido de la vida, de todo esto, no acepta el paso del tiempo y mientras se le quema la comida.

María no ha hecho aún el puente, cabalga sin rumbo, descubrió lo que no es, sabe lo que no quiere, pero no aparece la tierra firme bajo sus pies.

Raúl discute con su mujer y dice que no sabe discutir, tiene una hija que aún no sabe que tiene, dice que si lo nombra su mundo se reduce y que si no lo nombra le queda grande. De su ovillo, no sabe si quiere salir.

Óscar salió sonriente de los juzgados con ganas de abrazar a su hijo y olvidar un pasado injusto.

Paco lo tiene todo, pero una cómoda jubilación le recuerda el paso del tiempo, cree que se va a volver loco, no sabe que teme la sombra de la muerte que va visitando a sus amigos.

Ana, a ella no la gusta nada de lo que hace, no inventa pasos nuevos para no equivocarse, se conformaba con la fantasía de ser actriz pero se da cuenta de que pasa hambre.

En algún momento, con todos ellos, sucede que tengo que acostumbrarme a despedirme y apagar la luz hasta el día siguiente.

Noelia Millán Uceda.

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